Hay fechas que aparecen en el calendario y pasan casi desapercibidas. Y luego está el 15 de agosto en Pobladura de Aliste.
Para muchos, la Obisparra es una fiesta. Para otros, es recuerdo
y es infancia, es escuchar el sonido de los cencerros antes incluso de ver
aparecer a los bueyes por las calles. Es recordar a quienes nos enseñaron cómo
se llevaba un traje, a los que nos cogían de la mano para poder ir a presenciar
todo el ritual, al recuerdo de los que estaban en la representación y ahora nos
faltan.
Cada 15 de agosto, el pueblo cambia. Las calles vuelven a
llenarse de voces diferentes, de gente que vuelve, de vecinos que esperan la representación
en las puertas y de niños que descubren la tradición con los mismos ojos
abiertos con los que la miraron generaciones anteriores.
Y quizá ahí esté la verdadera esencia de La Obisparra: en su
capacidad para unir pasado y presente durante unas horas.
Porque no se trata solo de representar unos personajes o
mantener una costumbre antigua. Se trata de seguir sintiéndonos parte de algo
común, herencia de nuestros antepasados. De reconocernos en el ruido, en las
voces, en la música de la gaita y el tamboril, en las risas compartidas y en el
esfuerzo colectivo que hace posible que la tradición continúe viva año tras
año.
También volvemos por quienes ya no están.
Por quienes ayudaron a recuperar La Obisparra hace 25 años.
Por quienes la mantuvieron viva aunque no fuera de manera continua, todas las
décadas anteriores. Por quienes preparaban y preparan los trajes, enseñaban y enseñan a
representarlo o simplemente estaban ahí, acompañando cada año.
Cada celebración lleva un poco de todos ellos, y por eso
seguimos volviendo.
J.S.



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